Seguramente has pasado, por lo menos una vez, por alguna relación basada en el interés. Ya sabes, esas que se crean porque una de las partes tiene algo que a la otra parte le interesa. Tal vez ese interés inicial funciona como una base para, más adelante, construir una auténtica relación de amistad. Sobra decir que si se mantienen en la etapa del interés, esas relaciones se convierten en algo verdaderamente muy desgastante y, solamente si tenemos suficiente suerte y/o madurez, las terminamos. Así era mi relación con el ejercicio.

Si me conoces, es posible que se te dificulte creerlo y lo entiendo porque has visto cómo he vivido con los tenis puestos. De chiquita, era lo máximo pasar horas en el club jugando lo que fuera. En secundaria, una de mis clases favoritas era deportes y además jugaba tenis 15 horas a la semana. Pero, a mediados de la prepa, pasó lo esperable y dejé de jugar tenis de forma tan intensiva para hacer otras cosas que hacían las chavas de mi edad (¡como socializar!). Inicié una relación seria (con los frappuccinos) y lógicamente empecé a subir de peso. Entonces, también como las chavas de mi edad, enfoqué mi actividad física en enflacar y mejorar la forma de mi cuerpo. Me inscribí a cardio, pilates, bodypump, spinning, curves…. y conforme fue pasando el tiempo, ponerme los tenis se empezó a sentir mucho más como una monserga que como un placer.

Esto no significa que en algún punto dejé de moverme. Primero, porque la salud siempre me ha parecido lo más valioso. Segundo, porque al convertirme en mujer en esta sociedad también me empezó a parecer muy valioso “verme bien”. Tercero, porque entré a estudiar nutrición y había que practicar lo que uno promueve. Eso, aunado a que por naturaleza soy muy disciplinada, me mantuvo haciendo ejercicio a pesar de que había momentos en los que me identificaba perfecto con todas mis amigas que abiertamente lo detestaban. Era de las que les “encanta” el ejercicio, pero claro que era mucho más fácil encontrarme en el gimnasio antes de semana santa, que durante los meses de frío.

Pasaron los años y me hice a la idea de que así sería la cosa entre el ejercicio y yo. Me le acercaba más cuando estaba más “gordita” y menos cuando estaba más “flaquita” (la moda fit todavía no estaba con todo). Nos llevábamos bien cuando ya llevaba un tiempo corriendo porque se ponía buena onda y ya no me dejaba sin aire, pero era pleito tras pleito cuando no lo había visto unas semanas y había que volver a empezar. En fin, lo que quiero explicar es que era una relación complicada y bastante interesada, porque muy en el fondo sabía que en el momento en que el ejercicio dejara de cooperar con mantenerme en forma y saludable o en cuanto encontrara otra manera de obtener lo mismo pero más fácil, no habría más nada que me uniera a él.

Nuestra relación se mantuvo inestable y poco satisfactoria hasta hace 4 años, cuando se me presentó la oportunidad de asistir a una conferencia del Dr. Mihaly Csikszentmihalyi (se pronuncia chik-sen-mi-jái), un investigador húngaro reconocido por ser uno de los fundadores de la psicología positiva. La plática trataba sobre su Teoría del Flow. El flow (en español lo traducen como ”flujo de la consciencia”) es un estado en el que una persona funciona a su máximo potencial. Se puede decir que es el mejor estado en el que alguien puede estar y según el Dr. Martin Seligman, padre de la psicología positiva, constituye uno de los pilares de la felicidad.

Cuando una persona entra en flow pone en práctica sus habilidades porque está haciendo algo que realmente requiere de toda su concentración y esfuerzo. La persona está tan metida en lo que está haciendo que hasta pierde la noción del tiempo. Durante una experiencia de flow, la persona tiene sus metas claras y recibe retroalimentación inmediata. Al terminar, se siente realmente contenta y conforme tenga más experiencias de flow, incrementan su felicidad y satisfacción con la vida. Es como cuando decimos que alguien está “en su elemento”: un cirujano concentradísimo en retirar un tumor, haciendo uso de todas sus destrezas, dando lo mejor de sí y brillando.

Mientras más profundizaba el Dr. Csikszentmihalyi (que además de brillante es una persona muy agradable y tiene un aspecto muy dulce, me recuerda Santa Claus) en su descripción del flow, más sentía yo que era algo que ya había vivido. Y de pronto me pegó de golpe: eso era lo que me sucedía cuando jugaba tenis. Eso fue lo que perdimos el ejercicio y yo cuando nuestra relación se deterioró y empezó a ser una carga. Un poco más adelante en la plática, el doctor mencionó que entre las personas que más experiencias de flow tienen se encuentran los músicos y los atletas.

Me apasioné por el tema y lo comencé a estudiar con seriedad. Pero, la pregunta que más me interesaba responder era si podía recuperar mi experiencia de flow al hacer ejercicio. La buena noticia es que resulta que Usain Bolt y Michael Phelps no son los únicos que pueden hallar gran placer y diversión al llevar su desempeño físico más allá de sus límites. Es real que ellos han hecho con sus cuerpos lo que nadie ha conseguido, pero cada uno de nosotros, sin importar qué tan fuera de forma estemos, puede ir un poco más rápido, puede aguantar un poco más de tiempo, puede volverse un poco más fuerte. La alegría que produce sobrepasar los límites de tu propio cuerpo está ahí y es accesible para todos.

Sé que esto suena muy bonito, pero seguramente te estarás preguntando cómo lo puedes aplicar a tu vida. Te invito a seguir estos pasos para transformar tu ejercicio en una experiencia de flow. Verás como hasta la actividad física más simple puede volverse profundamente disfrutable y satisfactoria

  1. Ponte un objetivo general y tantos objetivos más pequeños como te sea posible. Estos objetivos tienen que estar relacionados a tu desempeño físico y no a tu peso ni a tu imagen en el espejo. Tal vez tu objetivo general sea una carrera de 5 km y uno pequeño sea darle la vuelta a la pista sin parar a caminar.
  2. Encuentra formas para medir tu avance hacia tus objetivos. De nuevo, no es qué pantalón te volvió a quedar, pero sí cuantos minutos seguidos trotaste antes de pausar y caminar, cuántos niveles le subiste a tu bici en clase de spinning, cuántas bolas pasaste sin dejarla en la red, cuántos escalones subiste antes de empezar a jadear.
  3. Mantente concentrado en lo que estás haciendo. No se vale ir al gimnasio y estar checando el celular ni estar pensando en todo lo que tienes que hacer. Puedes practicar mindfulnessmientras te ejercitas para estar en el aquí y en el ahora. Pero, si es una práctica que aún no te es familiar, algo que te puede ayudar es que lo que estés haciendo sí te desafíe. Te aseguro que si tienes una rutina exigente, bien establecida y un tiempo determinado para cumplirla, no estarás pajareando la mitad del tiempo.
  4. Trabaja en desarrollar las habilidades necesarias para dominar la actividad. Si lo que quieres es correr 5 kilómetros, trabaja en tu fuerza, resistencia y velocidad. Cuida tu dieta. Duerme bien. Nadie termina una carrera solamente porque se compró los mejores tenis.
  5. Continúa retándote. Si la actividad se vuelve monótona o si ya es muy sencillo para ti, te vas a aburrir. Aquí la clave es que aunque tus metas deben ser realistas te tienen que desafiar. Cuando ya estés muy cómodo ve más lejos, hazlo más rápido, más veces por semana.

Y…. La MÁS IMPORTANTE:

  1. Mantén siempre una mente de principiante. Ésta para mí es la clave y la aprendí de mi práctica de yoga y de meditación. Cada entrenamiento es una experiencia diferente y cada uno lo debes abordar como si fuera tu primera vez. Tu cuerpo es diferente cada día. La biología no es una ciencia exacta: hay cosas que puedes controlar y cosas que no. Tal vez te da gripa o te lesionas. Tal vez ya corrías 4 km pero hoy te das cuenta de que estás cansado y solo te da para correr 2. Corre 2 y siéntete bien por lo que estás haciendo, es parte del proceso. Enfócate en percibir cómo se siente tu cuerpo, qué le está pasando hoy. Puedes descubrir muchísimas cosas sobre ti y sobre él cuando te das la oportunidad de observarte sin juzgarte en esos momentos de “debilidad”.

En resumidas cuentas, esto fue lo que hice y mi relación con el ejercicio dio un giro de 180 grados. Por supuesto que no fue de la noche a la mañana y el proceso implicó mucha paciencia. Pero, el resultado fue transformador.

 

Referencias:

Csikszentmihalyi, M. (1990). Flow: The psychology of optimal experience. New York: Harper & Row.

Seligman, M. (2011). Flourish. (Kindle ed.). London: Free Press.